La posverdad ya estaba entre nosotros pero no queríamos verla

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Una de las primeras clases que recibí en la Facultad fue la de un profesor que entró y dijo. “Chicos, la verdad no existe”. Yo no lo olvidaré nunca porque provocó un enorme debate en cada uno de nosotros.

Se refería a que cada persona tiene un punto de vista, y por ello, nos inclinamos a leer este o aquel periódico, pues encaja con nuestras opiniones.

Ahora lo llaman posverdad.

La posverdad es un término que sirve para definir un fenómeno preocupante que consiste en fabricar noticias que son mentira, pero que la gente se cree. La ola de mentiras que se han publicado especialmente en EEUU en las elecciones presidenciales han dado un empujón al término posverdad. Hasta el diccionario Oxford le ha dedicado unas líneas: “Los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales”.

Muchos norteamericanos se creyeron noticias falsas sobre Trump porque querían creérselas como por ejemplo, que los amish o el Papa Francisco le apoyaban. Estas noticias parten muchas veces de webs que sacan dinero de las mentiras, pues atraen lectores incautos que al pinchar en esas noticias, les hacen ganar dinero con la publicidad.

El buscador Google y la red Facebook han dicho que van a crear mecanismos para evitar que esas noticias inunden la red. Y ya hay medios que han creado equipos para detectar y chequear noticias, y evitar que les cuelen una mentira.

Va a ser una tarea difícil porque la gente lee ‘su’ periódico’ porque le dice las ‘verdades’ que le gustan (o sea, le pinta un universo a su medida). Y eso se practica aquí y en Calcuta.

La gente de izquierdas lee periódicos de izquierdas donde los malos son de derechas, y los buenos son de izquierdas (ellos). Y la gente de derechas, lo hace lo mismo pero con los papeles cambiados. Es lo mismo que ver un partido de fútbol de tu equipo. Nunca hacen piscinazos tus jugadores. Siempre son faltas del otro equipo.

Para prevenir esos sesgos en la prensa, hay medios que asumen como lema ‘nosotros, a los hechos’. Solo publican lo que puede apoyarse en datos o informes, lo cual también es una falacia. The New York Times se basó en un informe ‘confidencial y de máxima credibilidad’ procedente de los servicios de inteligencia del Pentágono para afirmar que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva.

Le colaron una mentira. De nada sirvió su gran departamento de ‘fact checking’ o comprobación de datos. EEUU fue a la guerra.

Luego, los medios afirmamos que debemos ser objetivos entrevistando a una fuente de un lado, y otra con el punto de vista contrario. Eso da lugar a lo siguiente: si alguien afirma que la Tierra es redonda, los periodistas se van a su opositor, quien dice que es plana. De modo que los medios dan tanta credibilidad al estúpido que al listo.

Y ahora viene lo mejor: resulta que esas estupideces pueden hacer cambiar el voto, y poner de presidente a un señor. Pero, ¿quién es el culpable? ¿Él o sus electores? ¿Él o los lectores que consumen mentiras o exageraciones?

Eso es la posverdad, según los analistas de hoy. Lloran porque ha sucedido algo insólito: un señor raro y poco preparado es ahora presidente del país más poderoso del mundo. Como buenos analistas, tenían que inventar un término y han acuñado el de posverdad.

Para ser sinceros, eso es más antiguo que el lenguaje.

Decía Platón en el Gorgias, que uno de los objetivos de la retórica no es expresar la verdad, sino ejercer el arte de la persuasión.

Quizá he ido demasiado lejos, y los lectores vayan a creer que defiendo la mentira y la persuasión. No. Para nada. Solo quería hacer una reflexión más profunda sobre una palabra, y explicar que el problema de la posverdad no es algo que está afuera, sino que procede de adentro, de lo más profundo de nuestra alma.

Vemos el mundo como queremos. La realidad duele a los ojos.

Autor: (http://blogs.lainformacion.com)