Mauro F. Guillén, William H. Wurster Professor of Multinational Management y vicedecano del MBA Program for Executives en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, es un reconocido experto en tendencias globales, mercados internacionales y transformación económica. Autor del bestseller 2030: Cómo las grandes tendencias actuales chocarán y transformarán el futuro de todo —seleccionado como Libro del Año por el Financial Times—, impartió en la Fundación Rafael del Pino una charla sobre el declive demográfico, hegemonía global y rivalidad entre EE UU y China.
En su nuevo trabajo sostiene que el declive demográfico puede ser determinante para la disputa entre EE UU y China. ¿La gran batalla del siglo XXI será menos tecnológica y más demográfica?
China está ascendiendo y Estados Unidos intenta mantener su posición, pero todavía conserva una ventaja económica, militar, financiera y de influencia global muy importante. La gran diferencia entre ambos países es demográfica: Estados Unidos tiene una población relativamente estable, mientras que China afronta un declive muy acusado. Si esas tendencias continúan, China lo tendrá difícil para superar a Estados Unidos en influencia global. Ahora bien, la tecnología puede amortiguar ese golpe. La robótica y la IA permiten producir más con menos trabajadores. Si China mantiene su ventaja tecnológica, podría compensar parcialmente el envejecimiento y llegar a ser más influyente hacia mediados de siglo.
Pero ahora China está por delante de Estados Unidos en tecnología…
En tecnología sí, pero no en influencia global. La tecnología puede ayudar a China a suavizar el impacto de su declive demográfico, pero Estados Unidos tiene un arma que China no tiene: la inmigración. Mis cálculos indican que, si Estados Unidos admitiera cada año algo más de un 1% adicional de inmigrantes, China no llegaría a superarlo. Por eso las políticas restrictivas de Trump son contraproducentes para la estatura de Estados Unidos en el mundo. La inmigración no es solo una cuestión económica; también es un asunto de seguridad nacional y de influencia global. Estados Unidos se ha beneficiado enormemente de la inmigración. Una parte muy significativa de sus empresas tecnológicas ha sido fundada o cofundada por inmigrantes. Tarde o temprano, el votante moderado volverá a entenderlo.
En todas las democracias pasa algo parecido: los extremos pesan cada vez más…
Estados Unidos está polarizado, pero esa imagen es incompleta. Hay dos extremos minoritarios y una gran parte del electorado en el centro, más moderada, que bascula hacia un lado u otro. Ese centro es el que decide las elecciones. La base de Trump seguirá existiendo: populista, antiinmigración y contraria a todo lo extranjero. Pero no es mayoría. Por eso creo que muchas políticas de Trump serán transitorias, aunque su base política permanezca.
En su investigación concluye que EEUU probablemente seguirá siendo la potencia hegemónica durante este siglo, si aumenta la inmigración. ¿Qué está interpretando mal la mayoría sobre el ascenso de China?
Que China también tiene enormes limitaciones. Es un gigante con pies de barro: declive demográfico, envejecimiento, cambio climático, contaminación, áreas desérticas y un sistema político que en algún momento tendrá que evolucionar. Además, China está relativamente aislada. Sus aliados suelen ser países más pobres, mientras que los aliados de Estados Unidos son, en general, economías ricas. Y hay otro factor decisivo: la geografía. China no tiene acceso libre a los océanos. Taiwán y las bases estadounidenses condicionan su salida al Pacífico. Por eso Taiwán es tan importante para Pekín. No solo por razones nacionalistas, sino porque le daría mucho más margen geoestratégico.
¿La democracia tiene hoy una desventaja frente a sistemas más centralizados?
Los regímenes autoritarios pueden decidir más rápido porque no tienen que pasar por parlamentos ni procesos de deliberación. Esa rapidez puede ser útil en un mundo de cambios acelerados. Pero también se equivocan más. Las democracias son más lentas, aunque incorporan más análisis, más opiniones y más controles. En general, toman mejores decisiones a largo plazo. China es una excepción de dictadura económicamente exitosa, pero muchas otras dictaduras han sido desastrosas.
¿Qué están demostrando las guerras actuales?
Que la guerra del futuro será más tecnológica y asimétrica. Ucrania e Irán han demostrado que un actor más débil no necesita ganar en sentido clásico: solo necesita no perder. Rusia y Estados Unidos, en cambio, necesitan ganar, y eso es mucho más difícil. Los drones cambian la lógica militar. Son baratos frente a tanques, aviones o portaaviones, y pueden causar un daño enorme. Los ejércitos convencionales tendrán que adaptarse. Europa debería tomar nota. En una eventual confrontación con Rusia, su objetivo no sería destruir Rusia, sino resistir y no perder. Eso requiere una estrategia distinta. El problema es que la industria militar presionará para vender armamento tradicional: tanques, buques, portaaviones. Eisenhower ya habló del complejo militar-industrial. Esa presión será una parte importante del debate.
Si tuviera que señalar una idea dominante para los próximos años, ¿cuál sería?
Me preocupa la supremacía del dólar. El dólar sigue dominando no tanto porque sea fuerte, sino porque no hay una alternativa clara. Si China logra lanzar una moneda digital confiable, fácil de usar y respaldada por su peso comercial, el dólar puede tener problemas. No creo que vaya a haber una crisis total, pero sí un deterioro progresivo. (La Razón-rosa carvajal)





