No muy lejos de la plaza Syntagma, en Atenas, se esconde uno de los museos más instructivos de Grecia. Los turistas lo desconocen. Se trata de un lugar pequeño, en la embocadura de la calle Pindarou, fuera del radar de los turoperadores. Está consagrado a la recuperación de la tecnología de la que disfrutaron los antiguos griegos y que las persecuciones del hispano Teodosio destruyeron por completo tras el Edicto de Tesalónica que barrió al mundo clásico.
A la entrada al establecimiento me recibe una mujer robot capaz de servir una bebida. No es una autómata made in China. Fue diseñada en el siglo III a.C. por Filón de Bizancio. La humanoide sostiene una jarra en la mano derecha mientras extiende su izquierda esperando mi copa y, en cuanto la detecta, un sistema hidráulico conectado a contenedores de vino y agua derrama la mezcla justa. No tiene baterías, ni IA; solo física neumática. A la robot de Filón hay que sumarle sus diseños de bombas de agua, las primeras catapultas de torsión, una ballesta-ametralladora y hasta los primeros muelles conocidos. Ninguno de esos artilugios sobrevivió a la furia antipagana de lo que Catherine Nixey llama «la edad de la penumbra», pero el Museo Kotsanas de Tecnología de la Antigua Grecia los ha reconstruido de manera funcional.
Yo lo visité hace solo dos semanas. Supe que sus técnicos habían sido capaces de reanimar la única máquina de la era de los filósofos que ha llegado a nosotros, y quise verla con mis propios ojos. Se trata del «mecanismo de Anticitera», una suerte de ordenador a manivela que lo mismo era capaz de calcular los años olímpicos que establecer con precisión cuándo se producirá el próximo eclipse total de Sol. La Anticitera fue elevada a máquina del tiempo en la última película de Indiana Jones («El dial del destino»), y aunque entonces se la alteró para convertirla en carne de blockbuster, Spielberg atribuye su invención a Arquímedes, lo cual es más que probable.
Adquirí una réplica en la tienda del Kotsanas y se la confié a mi hijo Martín, que estudia ingeniería aeroespacial. Quería que intentara calibrarla con el eclipse del pasado 12 de agosto. Y durante horas, movió sus más de ochenta ejes dentados para ajustar las fechas antiguas a las nuestras, hasta que la maquinaria terminó alineando la Tierra con el Sol y la Luna en sus agujas. ¡Funcionaba!
La Anticitera original fue descubierta el domingo de Pascua de 1900 por unos pescadores de esponjas en apuros. Apareció entre los restos de un pecio cargado de estatuas y objetos de valor, hundido hacia el siglo I a.C. cerca de Creta. Desde entonces ha sido objeto de toda clase de estudios, pero las tomografías de alta resolución de los últimos años han posibilitado el modelo del Kotsanas. Oír cómo sus ruedas crujen y comprobar que sus manecillas bailan a un ritmo tan matemático como armónico, produce auténtico estupor. Pero verla a la sombra de la camarera robotizada de Filón y del casi medio millar de máquinas que Kostas Kotsanas –el fundador del museo– ha reconstruido para sus tres colecciones públicas expuestas entre Atenas y Olimpia, demuestra que la Antigüedad fue un tiempo de asombrosos avances mecánicos. «Ojo, que la Anticitera no es extraterrestre», me advierte Martín conociéndome, «¡es una pieza más de un mundo tecnológico olvidado!».
Y tiene razón. Puertas automáticas, ascensores y hasta drones de hace dos mil quinientos años desfilan desafiantes ante nosotros por las salas del Kotsanas. La «paloma de Arquitas» nos deja mudos. Creada en el siglo IV a.C., fue un pájaro de madera que usaba un sistema de aire comprimido para propulsarse y que era capaz de recorrer una distancia de trescientos metros antes de perder fuerza. A Arquitas, un militar contemporáneo de Platón, no debió de escapársele el uso estratégico de su invento. Al ver la reconstrucción del museo me acuerdo del cuadro de Salvador Rosa custodiado en el Prado, «Arquitas, filósofo de Tarento». El lienzo lo muestra con una paloma en la mano, demasiado pequeña en comparación con el dron de Atenas. Y recuerdo también al jesuita barroco Athanasius Kircher, que se dio cuenta de que aquel ingenio precedió en más de cien años a los primeros escritos sobre autómatas del mundo clásico, que muchos expertos tildan aún –¡qué supremacismo el suyo!– de pura fantasía.
«¿Han visto ya la verdadera máquina de Anticitera, en el Museo Nacional de Arqueología?», nos pregunta una guía en el Kotsanas. Asentimos. «¿Y se han fijado en los autómatas que rescataron del mismo naufragio, y que se exponen en la vitrina de enfrente?» Creo que nos subestima. Justo antes de visitar Pindarou estuvimos contemplándolos. Se trata de dos figurillas de bronce ancladas a unos pedestales macizos que esconden un mecanismo de ruedas dentadas que los hace girar como si fueran bailarinas de una cajita de música. El asombro surge cuando uno se da cuenta de que preceden en quince siglos a los ingenios que ahora usamos. «En ese caso», nos sonríe feliz de ver a dos extranjeros tan solícitos, «cuéntenle a todo el mundo que en la antigua Grecia ya teníamos GPS analógicos, máquinas de vapor, tragaperras y hasta relojes con alarma que no volverían a fabricarse hasta la Revolución Industrial». Y mirándonos fijamente, añade algo más. Es una orden: «Cuéntenlo, porque esa parte de nuestra Historia sigue silenciada». Y Martín y yo, claro, le dimos nuestra palabra. (por: Javier Sierra -La razón)





