Tres etnocidios actuales que no conocías

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La diferencia básica entre un etnocidio y un genocidio consiste en que en un etnocidio no se exterminan vidas humanas, como ocurre en los genocidios, sino que las víctimas son las culturas. Se borran identidades, tradiciones, promesas particulares que las sociedades han mantenido durante siglos, y se coloca en su lugar una nueva identidad configurada por el perpetrador del etnocidio, que no siempre se trata de un Estado en exclusiva. Esto es, visto con optimismo, un alivio, si se tiene en cuenta que las vidas humanas no corren tantos riesgos durante un etnocidio; por otro lado, que no acaben con vidas humanas ha relegado a los etnocidios a un segundo plano en el foco mediático. Esto ha facilitado su práctica en una amplia gama de regiones del mundo, gracias a que la legislación internacional respecto al etnocidio es prácticamente nula.

El "África vaciada"

En cuanto al continente africano, puede hallarse un generoso número de procesos de supresión de identidades que bien podrían colocarse bajo la definición del etnocidio. La configuración de Estados modernos que buscan ponerse al día en la asignatura del desarrollo ha derivado, entre otras cosas, en un aumento considerable de las poblaciones urbanas, dejando los entornos rurales en una situación cada vez más desfavorecida. Lusaka, la capital de Zambia, ha pasado de tener una población de 278.000 habitantes en1970 a más de tres millones en 2020. Dar es Salaam ha aumentado su población por veinte desde el inicio de su independencia, mientras Nairobi tiene diez veces más habitantes de los que tuvo durante los últimos años de la colonización inglesa. Para hacernos una idea de la velocidad a la que han ocurrido estas migraciones a las zonas urbanas en África, la Comunidad de Madrid tiene ahora “sólo” el doble de personas que en 1970.

Existen más factores, como la creación de Estados federales que distribuyen de forma desigual el poder que sostienen cada una de sus etnias (Kenia es un ejemplo típico). Pero esta “África vaciada” en sus zonas rurales resulta fundamental para comprender la situación de vulnerabilidad a la que se enfrentan las etnias que no encajan con el modelo de vida urbana o que prefieren mantenerse lejos de las grandes ciudades. Su presencia, disminuida a una mínima expresión, se ha convertido en un pequeño detalle sin importancia dentro del complejo mapa étnico de las naciones africanas. Tal ha sido el caso de los Baka (antes llamados pigmeos) que se encuentran asentados principalmente en la selva de Dja, en el Camerún meridional, y cuya presencia en las ciudades apenas es testimonial; es el caso de los archiconocidos Masái en Tanzania, que han visto cómo su juventud se desplazaba hacia las grandes ciudades de la región en busca de un futuro diferente al pastoreo, debilitando con su marcha la influencia de quienes se quedaron en sus tierras originales; es el caso de los San del Kalahari, también conocidos como bosquimanos, que se ven empujados a aceptar un modelo de vida urbanita que choca directamente con su cultura.

Estas tres etnias se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema, ya sea por sus dificultades a la hora de adaptarse a los requisitos funcionales del Estado o porque su población joven, su músculo, su futuro, ha seguido la marea de desplazamientos que terminan en las avenidas de hierro y de cristal. Como estas, hay muchas otras. Esta vulnerabilidad permite entonces que dé comienzo su etnocidio particular, ya esté dirigido por el ímpetu homogeneizador del Estado o por las organizaciones de ayuda que pretenden incorporar a la vía del desarrollo a estas sociedades aparentemente atrasadas. Quede claro que las costumbres de los Baka, los Masái y los San no tienen el mínimo rastro de violencia: no participan en los conflictos de las regiones que habitan, ni colaboran con redes de delincuencia, etc. Los Baka y los San han subsistido hasta ahora a través de la recolección y de la caza, los primeros en la selva y los segundos en el desierto, los primeros atrapando pequeños mamíferos y los segundos cazando lo justo para sobrevivir. Los Masái se dedican tradicionalmente al pastoreo. Sus vacas tampoco hacen daño a nadie.

Tierras en disputa

Pero son vulnerables. Y, lo que es peor, hay otros que codician su tierra. El territorio de los Masái en Tanzania ha comprendido áreas integradas dentro del Serengueti, Ngorongoro y Loliendo, tres zonas deseadas por los safaris cinegéticos (que pueden cobrar hasta 65.000 libras británicas por una semana de caza) y empresas turísticas que han visto en los safaris fotográficos una fuente de ingresos casi inagotable.

El impacto negativo del turismo en los Masái se debe a dos compañías de safaris: Tanzania Conservation Limited (TCL) y la empresa emiratí Ortello Business Corporation (OBC). Desde que TCL arrendó en 2006 un terreno de 5.000 hectáreas al norte de Tanzania, se ha prohibido a las comunidades locales el acceso a zonas de pastoreo y otros abrevaderos naturales para su ganado, que se sumaría a los episodios de violencia protagonizados por la policía tanzana cuando la compañía de safaris considera oportuno pedir la intervención estatal para mantener a los Masái en su cerco. Chozas en llamas y desahucios forzados se han convertido en la realidad de decenas de miles de Masái, hasta el punto de que casi 170.000 comenzaron a ser desalojados en el verano de 2022 de sus territorios en Loliondo.

Los territorios de los Baka y de los San también tienen quienes los desean. En el caso de los Baka, los bosques donde han vivido desde hace siglos llevan hoy la etiqueta de “Parque Natural”, una etiqueta que sólo se despega cuando se trata de conceder terrenos a las industrias madereras que ya han talado en Camerún el equivalente a la superficie de Bélgica. Su método de subsistencia se encuentra vetado hoy en estos bosques, en apariencia protegidos. Y los San tuvieron la poca fortuna de asentarse hace 1.500 años sobre una zona del Kalahari rica en diamantes, lo que llevó al desahucio de varios miles de personas en los años 2000 para allanar el paso a las compañías mineras que operan en el terreno desde entonces. Antes vivían libres, cazaban, no molestaban a nadie; ahora malviven hacinados en los campos de refugiados ubicados en los bordes del Kalahari, o se han visto obligados a migrar a las ciudades en busca de alternativas a la miseria que les han impuesto.

Sociedades vulnerables expulsadas de sus tierras y empujadas a una situación donde su método de vida tradicional corre un grave peligro, si no se ha visto directamente evaporado. Nos están quedando unos etnocidios de manual. El siguiente paso sería insertar una nueva doctrina de pensamiento en estas sociedades.

Una nueva doctrina de pensamiento

Es entonces cuando aparecen las ONG. Destacan en el horizonte rojo del Kalahari los camiones de ayuda, aterrizan en los aeropuertos de Tanzania los temidos batallones de jóvenes rubios y entusiastas, se distribuyen en Camerún oriental buenas intenciones y fotografías con niños cogidos en brazos. El proyecto Nyae Nyae, organizado por la ONG Kalahari Peoples Fund, trata por ejemplo de “proveer a los niños Juǀ’hoande una enseñanza básica para preparar su transición a entornos educativos radicalmente diferentes a los entornos educativos rurales”. Sin oenegés como Kalahari Peoples Fund, no cabe duda de que la transición de los San hacia un nuevo modelo social sería mucho más complicada.

Estrategias similares llueven sobre los Baka. Tras ser expulsados de sus territorios originales, donde vivían en chozas fabricadas con ramas y hojas, su historia atrajo un número considerable de organizaciones que hoy se dedican a construir casas de ladrillo y cemento donde enclaustrar a los Baka. La agricultura es otra costumbre nueva que las ONG pretenden inyectar en ellos, pese a tratarse de un concepto que choca de forma directa con la tradición cazadora-recolectora de esta sociedad. Tal desbarajuste en sus métodos de subsistencia ha llevado al desequilibrio de los roles de género en la sociedad Baka, tal y como explicó en una entrevista previa a este periódico Nsokali Jones, supervisor de los indígenas Baka del sudeste camerunés: “tradicionalmente, las mujeres son las responsables de recolectar las plantas salvajes y los insectos, y son ellas las que se dedican a la pesca, mientras los hombres son quienes cazan. Este equilibrio se ha roto”. Gracias a las casas de cemento, la agricultura y el desarrollo, las mujeres Baka han visto cómo su posición social ha empeorado notablemente en las últimas décadas.

En África, unos huyen de las violaciones, otros escapan de la tierra seca y resquebrajada y otros son sencillamente apartados para que los turistas puedan fotografiarse con sus trofeos de caza, para mantener la producción de diamantes. Los hay incluso que son expulsados de sus hogares por su propio bien, aunque todo se desmorone para ellos durante el proceso. Por: Alfonso Masoliver [La Razón]