Bill Clinton, en 1993, en el primer año de su presidencia, preguntaba a sus asesores, entre incrédulo y cabreado: «¿Me están diciendo que el éxito de mi programa y mi reelección dependen de un grupo de jodidos vendedores de bonos?». Lo reveló Bob Woodward, el del Watergate, en su libro de 1994: La agenda: La Casa Blanca de Clinton.
Las primeras medidas del entonces nuevo presidente americano presagiaban déficits públicos mucho mayores y los mercados de deuda reaccionaron y le hicieron corregir, al menos en parte, el rumbo. Los dos mandatos que luego siguen son recordados como una época de prosperidad.
Ahora, los mercados de bonos –de deuda pública– están tensos. Sam Goldfard escribía el jueves en The Wall Street Journal, la biblia americana de las finanzas, que «los bonos avisan desde hace semanas de una crisis grave». Martin Wolf, en el Financial Times, advierte de que «es probable que la crisis del golfo no haya hecho más que empezar».
Robert E. Rubin, secretario del Tesoro de EE. UU. con Clinton, sin duda uno de los asesores que le habló de los «vendedores de bonos», apunta, también en el diario británico, que «los mercados pueden estar descoordinados con la realidad y luego reaccionar de manera repentina». Recuerda que, por ejemplo, las bolsas subieron de forma espectacular durante 18 meses consecutivos en 1986 y 1987 y que el 19 de octubre de 1987, cayeron de golpe un 22%.
El precio y la rentabilidad de los bonos son como el canario en la mina. Donald Trump se fija mucho en ese mercado, que quizá sea lo único capaz de hacerle cambiar de opinión, y de ahí sus bravatas pero también sus retrasos continuos en nuevas acciones en Irán, a pesar del cierre del estrecho de Ormuz, el verdadero cuello de botella del mundo.
Adolfo Suárez (1932‑2014), en una de sus intuiciones, ya predijo en los años setenta del siglo XX cómo Ormuz sería cada vez más importante en la geopolítica. Sus colaboradores lo tomaron por una chifladura, como recuerda Juan Francisco Fuentes en la reedición –actualizada– de la biografía del artífice de la Transición, La opción más difícil, Taurus, que acaba de publicar.
Trump tiene razones para estar alarmado, como también las debería tener ese Pedro Sánchez que presume de la fortaleza de la economía española. Algo parecido hizo Zapatero en vísperas de la Gran Recesión que empezó en 2008 y que a punto estuvo de dejar noqueada a España, que se salvó del rescate total –no del de las Cajas de Ahorros– por la campana.
La rentabilidad de los bonos del Tesoro de EE. UU. a 30 años bascula entre el 5% y el 5,5%. Es la más alta desde junio de 2007, cuando llegó al 5,4019%, justo unos meses antes del gran colapso, cuyo aldabonazo inicial fue la quiebra de Lehman Brothers en el otoño de 2008, un año y medio después, más o menos el plazo del que habla Rubin de la adaptación de los mercados a la realidad.
¿Qué significa que suba la rentabilidad de los bonos? Indica que el mercado exige más interés por prestar dinero al Gobierno, en este caso el americano, pero ocurre lo mismo con todos los Gobiernos. Además, como esos bonos se pueden comprar y vender en el mercado, los que ya están emitidos con tipos de interés menores bajan de precio para que su rentabilidad se adecúe al mercado.
Un ejemplo lo aclara más. El Gobierno de EE. UU. emite un bono de 1.000 dólares a 10 años y paga un 3%, eso son 30 dólares al año. Dos años después, el mercado pide más dinero y el Gobierno saca otro bono a 10 años al 5%. El nuevo paga 50 dólares frente a los 30 del viejo.
Para que el antiguo mantenga su atractivo, si se quiere vender, tiene que bajar de precio, por ejemplo a 900 dólares. El interés nominal sobre 1.000 dólares será del 3%, pero del 3,3% si se ha comprado a 900 dólares. Más sencillo: un alquiler de 1.000 euros por un piso que vale 200.000. La renta se mantiene, pero si la vivienda baja de precio, la rentabilidad es mayor para quien lo hubiera comprado al nuevo precio y, al revés, si sube. Es el mercado de la renta fija, en el que el interés es fijo, pero el valor del activo es variable.
El problema del mercado de bonos es que mueve billones de dólares y euros y un tropiezo tiene consecuencias enormes. Ahora las dudas del mercado reflejan temor a la inflación y una pérdida de confianza en la economía.
España no está salvo de estos problemas, aunque sí está en mejor situación que en otras ocasiones. Pocos advierten de los problemas. Destaca el economista socialdemócrata José Carlos Díaz. Insiste en que el Estado vive a crédito. Cree que por ahora no habrá dificultades, pero puede haberlas, si también se ponen nerviosos los «jodidos vendedores de bonos» que preocupan a Trump y cabreaban a Clinton. (La Razón-jesús rivasés)





