domingo, julio 5, 2026
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¿Hay más maricas de derechas o de izquierdas?

El carnaval de carrozas de ayer vuelve a situarnos en la distópica realidad que no quieren admitir los que dirigen las riendas del «colectivo», a sabiendas de que todo es mentira, un espectáculo tan falso como los pechos de La Prohibida. Lo del «colectivo» es absolutamente distorsionador y chocante porque no hay un censo tan diverso al que se pueda unir en el mismo casillero. Pero mientras nadie diga otra cosa, el lenguaje hace de las suyas y parece advertirnos de que fuera de ese «colectivo» hay una jauría que enseña las fauces, ya ves, a tipos de gimnasio que nos dejarían la cara como a Topuria en la Casa Blanca. No jodáis. Qué miedo.

Los chicos heterosexuales soportan la misma presión, pero esto no es bueno contarlo si antes no se ha dicho que profesas la religión arcoíris. Vale. Supongamos que oramos, pero digo, no obstante, aunque rece, que el Orgullo Gay se ha convertido en una manera de reivindicación comercial y de pasarlo genial un fin de semana en Madrid cuando arde la calle al sol de poniente, que está muy bien, pero cuando el discurso quiere escalar entre los renglones políticos, se deduce tan surrealista como una drag de Rocío Jurado cantando por Miguel de Molina.

Hubo un tiempo en que ese «colectivo» no consumía, sino que producía arte. Hoy la cultura lgtbi es más bien insulsa y ñoña, como diseñada por una tía del pueblo, para los que tienen pueblo, como yo, y siguen teniendo tías, sobre todo si se llaman Paca o Manuela, como las mías. Solo hay que ver lo que estos días ofrece Netflix, e incluso Filmin. Películas rosas que sonrojarían por insulsas a una quinceañera. Algunas van vestidas de transgresoras, pero dejan de vanguardistas a «Mujercitas».

Por eso considero que Jean Genet fue un revolucionario, no digamos Pasolini (tal vez el mayor intelectual), y los Javis, unos chicos con buenas intenciones que viven un momento en que parece que su generación está descubriendo el punto G del universo cuando se acercan a Lorca, como si fuera un marica a quien puede explicarse solo por la represión.

El mismo Lorca decía «maricas de las ciudades» en su «Oda a Walt Whitman» cuando se refería a los homosexuales que mercantilizaban su deseo. Lo último que haría Lorca sería montar en una carroza, a no ser que fuera la de su príncipe. Para remate, nos encontramos con la lucha entre derecha e izquierda, tanto que Pedro Sánchez piensa en cambiar de acera por un rato, que es como ir al Primavera Sound. No sé, Álvaro Pombo lo explicaría bien, pero no quise molestarlo hoy. (La Razón-pedro narváez)

 

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