Podría parecer que es muy pronto para dedicarle un libro a León XIV quien lleva en el cargo casi año y medio. Pero Santiago Roncagliolo en “El pastor y los lobos”, publicado por Seix Barral, nos propone algo más interesante: una aproximación al hombre detrás del papa, es decir, a Robert Prevost, buceando en su pasado, especialmente en Perú. El escritor habló de su nuevo trabajo con este periódico.
Leyendo el primer capítulo de “El pastor y los lobos” podría pensarse que nos engañaron cuando nos dijeron que Francisco era progresista.
(Risas) Francisco tenía un discurso muy progresista, diría que bastante para un Papa, pero no cambió grandes cosas. Lo que pasa es que hablaba mucho y entonces soltaba unos titulares que se lucían y querían dar una imagen moderna y alegre del papado, nada de medieval y oscurantista. Pero él mismo se dio cuenta al final de su papado de que se le iba a montar un cisma. Fue en ese momento, no sé si lo recuerda, que empezó a decir barbaridades como que lo de los curas maricones en en los conventos y lo de las mujeres chismosas.
Al final se daba cuenta de que se iba a montar un cisma y estaba intentando aplacar a los conservadores y esas declaraciones eran su idea de un conservador. Pero los conservadores no estuvieron muy felices con esas declaraciones y los progresistas muchísimo menos. Una de las razones por las que quería de sucesor a Prevost es porque mide más sus palabras. Es alguien muy delicado, muy fino políticamente y cada vez que puede no hablar, no habla.
¿Este es un libro sobre Prevost o sobre León?
Es un libro que es más sobre Prevost que sobre sobre León. Diría que es sobre un sacerdote que lidia contra el lado oscuro. En mis libros siempre me ha interesado mucho esta lucha entre el bien y el mal y lo complejo, lo extraña y lo contradictoria que es todo esto. Aquí tenemos a un sacerdote que es como una especie de asuntos internos de la Iglesia, que tiene que enfrentarse a los abusos sexuales de los sacerdotes, a los delitos financieros que también son muchos e, incluso, el caso de algún obispo que manda sicarios a amenazar gente. Justamente por esta capacidad de gestionar los pecados de la Iglesia llega a Papa. Me parece que había una historia ahí fascinante. Nunca un Papa ha tenido ha tenido una conexión con mis temas y las historias que yo escribo. Porque en el fondo, cuando cuentas una historia, incluso si es una historia real, estás contando la tuya propia.
En el libro hablas de que hay muchos teólogos que lo son de libros y, en cambio, la teología de Prevost está cercana a los hombres.
Claro, yo crecí en ese catolicismo, por eso también me sentía cercano y capaz de escribir sobre este personaje. Entendía lo que él tenía. Cuando emprendes un libro de no ficción siempre es una aventura y no sabes si hay algo, sobre todo con un sacerdote porque no es un hombre de acción en principio. Mi hipótesis de partida es que él tiene que ver con la teología de la liberación y que, por lo tanto, habiendo crecido yo en esas ideas, había algo interesante que contar en España en particular.
Porque para la gente de mi generación en España, el catolicismo fue delineado por Franco como religión de Estado, pero los curas que yo conocí eran guerrilleros. Es decir, se enfrentaban a dictaduras o al ejército, eran asesinados en Argentina, en Colombia, en El Salvador. Así que pensaba que había ahí algo que contar. Y, en realidad, eso es.
Esta teología viene de una particularidad del cristianismo muy extraña. Tanto el Dios de los judíos como el Dios del Islam no se puede ver. Es demasiado grande. No lo puedes representar. En algunas tradiciones no lo puedes ni nombrar. Tus palabras no lo rozan. El Dios del Antiguo Testamento también. De hecho, Antiguo Testamento también es un libro de la tradición judía con un Dios que manda cosas desde el cielo: diluvios, órdenes… Y si no respondes, te castiga y ya está. Así que es un Dios bastante lejano.
¿Y el del Nuevo Testamento?
Es un Dios que se encarna en un muerto de hambre. Es el hijo de un carpintero emigrante que va por ahí con unos desarrapados hasta que es perseguido por un imperio, torturado y asesinado en un instrumento de tortura que es la cruz y. Y eso es completamente renovador y diferente a todo lo que había en las religiones del libro. La teología de la Liberación retoma este parte justo en un momento en que el Concilio Vaticano ha reformado toda la Iglesia y en el contexto de la revolución cubana. Eso es lo que hace que ellos vean a Dios en los débiles, en los vulnerables, en los pobres, en los desarrapados, así como los inmigrantes o los desposeídos.
Pero a Juan Pablo II, como recuerda en su libro, todo aquello no le gustaba lo más mínimo.
Es que es polaco y todo esto le suena a comunismo y que él había vivido y sufrido todo esto. Esto es algo que crea una guerra que sigue hasta hoy entre dos entre dos maneras de entender la religión.
¿Por eso Juan Pablo II humilló a Ernesto Cardenal?
Sí, exacto y delante de las cámaras, con Cardenal de rodillas como si fuera un niño malo al que hay que regañar.
Los enemigos que tenía Francisco, ¿consideran peligro a León con su visión y misión?
Sí, son esas dos cosas. Su visión y su misión es acabar con la guerra que hay dentro de la Iglesia. Porque, entre otras cosas, algo que ha ocurrido y que también narra el libro es que los abusos sexuales se han empezado a convertir en un arma dentro de esta guerra y eso puede ser un suicidio para todos.
Prevost maniobra con mucha más finura que Francisco. Habla con mucha más finura que Francisco y tiene gestos como muy delicados, muy relevante de su manera de actuar. Es el caso, por ejemplo, de la mujer que ha puesto en comunicación y que laica, pero muy conservadora. Ese es el tipo de maniobras con las que él pretende coser la guerra interna.
Muchos de los enemigos de Francisco son mucho más amables con León que también ha mostrado que si no siente que sea posible dialogar, tampoco le tiembla la mano. Por ejemplo, ha excomulgado a los a los lefebvristas. León XIV recibió a Gareth Gore, que es el periodista que hizo el libro más crítico con el Opus Dei que hay. Recibirlo y tomarse la foto con él es un aviso.
¿Hasta qué punto es decisiva su etapa peruana para entender a Prevost?
Porque marcó una vocación orientada a los pobres y a los problemas sociales. Cuando vino a España, por ejemplo, equilibró con mucho cuidado las visitas a catedrales, santuarios y abadías y con las que hizo a cárceles y puertos de inmigrantes. Es algo que tiene que ver con los mensajes que él quiere dar. Tiene que ver con las carencias que vio en un país muy precario como Perú donde la Iglesia directamente a veces asume las responsabilidades del Estado. Así que creo que también es muy relevante entender ese ese pasado.
Parte de esta precariedad también ha generado una sociedad muy desigual donde el poder se ejerce con mucha brutalidad. Prevost allí ha gestionado una gran cantidad de pecados de la Iglesia en una sociedad como Perú donde son más visibles y sangrantes, no solo los abusos sexuales y los delitos financieros. Es un país donde incluso un obispo mandaba sicarios a los sacerdotes. Por eso a Francisco le atraía de Prevost. La experiencia peruana le dio una capacidad de gestionar estas cosas sin crear guerras, que es de lo que más valoraba en él Francisco y lo que más necesita una Iglesia que estaba al borde de un cisma.
¿Sabe si él ha leído su libro?
Espero que sí. A mí la reacción que me interesa es que todos acepten que la historia es verdad. Mis simpatías son bastante obvias en el libro, pero también recojo la versión de aquellos con los que no simpatizo con los que trato de ser muy respetuoso. Quiero que el lector encuentre el retrato de un conflicto y no mi opinión respecto a él. Es el lector quien quiero que se haga su propia opinión. Por: Santiago Roncagliolo (La Razón)





