Alfredo Alvar: «Me río de la capacidad de un mozalbete del siglo XXI para juzgar a Carlos V»

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Alfredo Alvar es un cervantista nato, un admirador declarado del héroe de Lepanto. Quizá este es el motivo esencial, o al menos uno de los principales, de que no conciba la conversación sin un hilo de humor y que reconozca en sus rasgos un síntoma de viveza mental. «Sí, tenemos una mirada noventayochista sobre la Historia. Es una pena», reconoce con una inflexión en la voz que más bien parece un encogimiento de hombros. «Viene a ser una metáfora, una percepción de nuestra cultura en general, que se alimenta de este pesimismo. No les quito razón a esa generación en 1898. Ellos la proyectaron hacia el pasado, pero lo malo es que ha continuado en el tiempo y usado para mirar nuestra forma de ser, nuestra historia y decir que lo español no sirve para nada. Esta visión derrotista de nuestra cultura y nuestro pasado no soporta un análisis sosegado», asegura y, tras un breve silencio, añade: «Existe cierta derivación de que el Siglo de Oro solo era de pícaros y picarescas. Desde Lázaro de Tormes parece que todos han sido pícaros, y nos olvidamos de la escuela de Salamanca. Sí, tenemos una mirada noventayochista del pasado, y, de manera especial, cuando conviene».

Alfredo Alvar es un historiador serio, con enorme paciencia para ilustrar y enseñar, pero escasa para los lugares comunes y los comentarios gratuitos, sin la impedimenta que da el conocimiento. Para él, el saber está al alcance para quien quiera hincar los codos y, sobre todo, leer. Él mismo ha publicado un libro enjundioso, de enorme fundamento, hecho a partir de la documentación que se conserva en los archivos y no partiendo de prejuicios. En «Austrias. Imperio, poder y sociedad» (La Esfera de los Libros) nos cuenta por qué fuimos un imperio y cuáles fueron los motivos de que se sostuviera durante los siglos XVI y XVII.

¿Por qué nos cuesta reconocer que éramos un imperio?

Está vinculado a una idea de ser minúsculos. Este es el modelo ideológico que dice regenerar a la sociedad. Si fuéramos una sociedad potente, ilusionada, habría otros modelos ideológicos que tendrían cabida en el horizonte de los españoles. Pero hoy existe una visión apocada y tensa con toda nuestra cultura y pasado.

Y eso no le gusta.

El pasado no necesita consenso. El pasado fue. Lo que se necesita es que quien escriba Historia sea un historiador y no un cuentacuentos. Ser historiador requiere tener una formación científica, método de trabajo, epistemología del conocimiento y una profesionalización cotidiana. Todo lo demás es afición. O ideologización. No me gusta la ideologización de la Historia; eso es política, no Historia. No se puede ideologizar. Otra cosa es que un historiador tenga una subjetivación de su vivir y su quehacer. Pero si uno de ellos, en lugar de hacer Historia lo que pretende es hacer ideología, está realizando un flaco favor a lo que se conserva en los archivos. Es lo que nos diferencia a los historiadores de los contadores de historias.

La propaganda ha afectado mucho a nuestra visión.

Esa famosa leyenda negra no es otra cosa que la propaganda de los enemigos de la monarquía de España. Forma parte de la guerra cultural contra España y del mundo protestante contra el católico. Pero esto está descubierto y definido desde los albores del siglo XX. La mentalidad derrotista viene de ello. España es un país culturalmente formado en complejos de inferioridad, formado desde aquí. Es difícil de entender. Aunque es la ignorancia que hay.

Reivindica el siglo XVIII.

Me llena de perplejidad y me llama la atención que se vea como un siglo gris o desconocido. No lo puedo entender. Las grandes manifestaciones culturales del XVIII tienen un nombre: Ilustración española. Su creación literaria no llega a la del XVI o XVII, pero científicamente es de vanguardia. Mateo Orfila fue un gran químico. Félix de Azara fue leído por Darwin. Y ahí está Celestino Mutis, entre otros. Se hicieron enormes proyectos científicos. Ahí está la colección de expediciones que se emprendieron por todo el planeta. Y navegaban sin ningún GPS. Este es un país que ignora lo que ha sido… En el siglo XVIII, la armada del rey de España le era necesaria a Napoleón.

¿Cuál fue la gran catástrofe?

La invasión francesa y la repercusión de aquella guerra. Fue una enorme catástrofe.

¿Y por qué fuimos imperio?

Por muchas cosas. Pero hay una que voy a destacar: la ambición de ser grande que está justo enfrente al deseo actual de no ser nada. Ahora lo que gusta es ser poca cosa. No existe una visión de grandeza. A aquellos hombres se les decía: vamos a dar la vuelta al mundo y en nada se enrolaron 270 tíos en cinco años. Les apetecía meterse en ello. ¿Cómo se conseguiría la grandeza sin eso? Y también está la inversión en investigación y el desarrollo. Algo fundamental. Y estamos hablando de los siglos XV, XVI y XVII. A esos hombres les apetecía ser grandes, no les daba vértigo.

Hoy no es así…

Los políticos solo gobiernan a cuatro años vista y cuando vienen las elecciones se mueven para cambian una ley abominable que no voy a nombrar. Si hubiera más visión de futuro… Compara con el Cardenal Cisneros. Ellos, en su tiempo, pensaban en un futuro inmenso e infinito. No únicamente en plazos cortos cuatro años. Los oficios públicos, eso sí, tenían fechas de caducidad. Los corregidores tenían un año, aunque luego prorrogaran cuatro o seis.

Hay que plantar cara a la corrupción

En todas partes hay que convivir con ella. Es una manifestación visual de la codicia y forma parte de la esencia del ser humano. Entonces la administración era muy buena. Si un delegado del rey no cumplía con las funciones encomendadas sabía que le podía caer una auditoría. Por eso se andaban con ojo. A todos se les inspeccionaba… Depende de cómo saliera esa inspección, ya iban ensalzados o marcados de por vida. Y si había un visitador que prevaricara, se le caía el pelo. Es una administración leal con la monarquía y la religión a las que sirven. Está convencida de que tiene grandeza y futuro.

Y da calma.

Mucha. España, las dos coronas, Castilla y Aragón, tienen convulsiones en los años veinte del siglo XVI. Ahí están las guerras de las Comunidades en Castilla y las germanías en Aragón. Pero una vez superado eso, no vuelve a haber problemas de violencia arrebatada hasta el caso de Antonio Pérez en Aragón. En Castilla tienen cansancio, la economía de fin de siglo, la peste, pero existen setenta años de tranquilidad en esa zona con quejas, normal, pero no pasa nada. Un dato: en la Península Ibérica no existían tercios, porque no se necesitaban. Cuando los moriscos se sublevan, el ejército que trae Juan de Austria proviene de Nápoles. Aquí solo estaban los guardias interiores y de costa. No se sentía preocupación. En Francia, en cambio, padecieron media docena de luchas de religión, a Carlos le cortaron la cabeza en Inglaterra…

La movilidad social.

Es fundamental. No hablo de cambiar de cuna. Se nacía en una y casi se moría en ella, pero hubo gente que pasó de un estado de pechero a hidalgo. El clero era otra manera de salir adelante. Y los estudios. El que lograba estudiar, luego podía ser bachiller y maestro de hijos de aristócratas. Podía entrar en una universidad. Y luego está América.

Algunos no ven a Carlos V y Felipe II como grandes monarcas…

Quien no considere que Carlos V y Felipe II fueron grandes reyes, es que no sabe nada. Más esfuerzo que se hizo en España durante las conmemoraciones culturales para decir cómo fueron sus reinados, no se ha hecho en toda Europa nunca. Me río de la capacidad de un mozalbete del siglo XXI para juzgar a Carlos V. Cómo un conciudadano mío puede juzgar lo que hizo o no. En lugar de eso, a lo mejor lo que conviene es estudiar, y leer.

Las letras se arrinconan.

Una de las mayores barbaridades que pueden hacer los políticos es la supresión de las humanidades, el latín y la lengua española de los planes de estudio. Un adolescente que no estudia Historia estará perdido. Debe hacerlo en lugar de todas esas asignaturas de cosas transversales que solo siembran confusión. Los planes de estudio están hechos con perversión. Pienso en esos chicos cuando tengan 40 o 50 años y se den cuenta de las carencias de identificación de sí mismos con el pasado. ¿A quién recurre? ¿Al maestro armero o al ministro de educación? Las lagunas y las carencias de estudio de hoy en día traerán un enorme daño mañana.

¿Y si no existe una identificación del individuo con su pasado?

Si no se tienen puntos de referencia entre las personas, lo que sucede es no se entenderá nada. Y cuando la gente se dé cuenta de eso, sabrán perfectamente que les han engañado. Dirán que no se les proporcionó suficientes elementos para tener un criterio propio. Es necesario, para todos, tener un anclaje con el pasado. Por: Javier Ors [La Razón]