La adaptación climática debe convertirse en una política de Estado que involucre a todos los sectores de la sociedad.
El calor mata silenciosamente a las economías. Sus efectos no siempre son visibles de inmediato, pero se acumulan progresivamente sobre el empleo, la producción, la seguridad alimentaria, la salud y las finanzas públicas.
Reduce la productividad laboral, disminuye los rendimientos agrícolas, incrementa el consumo de electricidad y deteriora las infraestructuras. En el caso de la región del Caribe, el citado reporte del PNUD estima que el aumento de la temperatura ocasionará una pérdida de productividad del 4.2 % para el año 2030.
Necesitamos repensar nuestras ciudades. No sustituir los árboles por cemento. Es imprescindible ampliar las áreas verdes y adaptar las viviendas, especialmente en los barrios con mayor hacinamiento, para proteger a las poblaciones más vulnerables frente a los episodios de calor extremo. El transporte público debe evolucionar hacia sistemas más eficientes, resilientes y adecuadamente climatizados.
La seguridad alimentaria también exige una visión de largo plazo. Las sequías serán más frecuentes y las altas temperaturas reducirán los rendimientos agrícolas. Debemos invertir en nuevos embalses, modernizar los sistemas de riego, desarrollar cultivos más resistentes al estrés hídrico y ampliar los microseguros agropecuarios.
El agua será, probablemente, el recurso estratégico más importante del presente siglo. Debemos reducir las pérdidas en los acueductos, ampliar el almacenamiento, fomentar el reúso del agua tratada y promover una cultura nacional de ahorro. Nuestros bosques requerirán mayor protección ante el incremento de la frecuencia e intensidad de los incendios forestales. Para ello, será indispensable fortalecer la prevención y la capacidad de respuesta ante emergencias.
La protección social también deberá seguir evolucionando. Los efectos del cambio climático exigirán sistemas capaces de anticipar las crisis antes de que se conviertan en emergencias humanitarias. La protección social del futuro será preventiva, predictiva y basada en información oportuna.
En el ámbito sanitario, el desafío será aún más complejo. Además de los golpes de calor y la deshidratación, las temperaturas elevadas favorecen la expansión de vectores transmisores de enfermedades. Asimismo, el calor acelera el deterioro de los alimentos y facilita la proliferación de microorganismos responsables de enfermedades gastrointestinales.
El cambio climático no solo incrementa los riesgos directos para la salud, también modifica el comportamiento de múltiples enfermedades y los patrones de sueño de la población. Las altas temperaturas incrementan la mortalidad por enfermedades crónicas, agravándolas en muchos casos, y afectan especialmente a los adultos mayores, los niños y los trabajadores expuestos al sol.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que el calor extremo representa la principal causa de muerte asociada a los fenómenos meteorológicos, y la revista científica The Lancet estimó que la mortalidad asociada al calor se duplicó en el período 2010-2022 con respecto al período 2000-2009.
El pasado año el Ministerio de Salud adoptó, mediante resolución, el Plan Nacional de Adaptación en Salud y Cambio Climático de la República Dominicana (PNASCC-RD 2025-2030), el cual busca fortalecer el sistema de salud frente a los retos del cambio climático.
Adaptarnos al calor extremo ya no es únicamente un desafío ambiental: es una decisión estratégica para proteger la salud, la economía y el bienestar de las futuras generaciones. La verdadera pregunta no es cuánto costará prepararnos. La pregunta es cuánto nos costará no hacerlo. La prospectiva nos enseña que el futuro no se espera: se construye. Y ese futuro comienza con las decisiones que tomemos hoy.
Una intensa ola de calor afecta actualmente a Europa, Norteamérica y otras regiones del mundo, constituyéndose en una advertencia de un fenómeno que será cada vez más frecuente. El calor extremo se está convirtiendo en un fenómeno permanente y, con él, emerge una nueva categoría de riesgo que exige cambiar la forma en que planificamos nuestras ciudades, protegemos a nuestra gente, nuestros recursos naturales y nuestras economías.
La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que las olas de calor serán más intensas, prolongadas y recurrentes como consecuencia del cambio climático, rompiendo récords de temperatura en numerosos países.
En 2024 el país registró 113 días adicionales de calor peligroso por el cambio climático, según un reporte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Debemos interpretar estas señales con visión prospectiva. Nuestra ubicación geográfica nos coloca entre los países altamente vulnerables a los efectos del cambio climático.
La pregunta ya no es si enfrentaremos olas de calor más severas, sino cuándo y con qué nivel de preparación. Los países que mejor enfrentarán las próximas décadas serán aquellos que comiencen desde ahora a adaptar sus territorios, sus instituciones y sus inversiones a los riesgos emergentes. La adaptación climática debe convertirse en una política de Estado que involucre a todos los sectores de la sociedad. (HOY-jefrey Lizardo / OJO)





