jueves, febrero 9, 2023
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Los relojes marcan también la vida de las ciudades. El sonido de sus cuartos, medias y horas acompañan el ritmo urbano integrándose en el ir y venir de sus habitantes, acompañándolos en sus quehaceres.

Aunque la vida haya cambiado tanto que no “hagan falta” en el sentido que tuvieron en su día, los relojes en pueblos y ciudades forman parte inseparable de su personalidad. Y en Santo Domingo nunca funcionan.

El reloj del bulevar de la 27 de Febrero es magnífico. Una hermosísima pieza de El Artístico, José Ignacio Morales, el herrero de La Romana que llevó a otro nivel su oficio.

Fué un herrero “con firma”. No solo creó grandes piezas para las casas de sus clientes, también un estilo de esculturas que se disfrutan en espacios públicos de todo el país. Y creó escuela. En el sentido literal de la palabra: él mismo enseñó su arte a cientos de jóvenes.

Hoy el reloj del bulevar es un triste símbolo del poco amor que la ciudad tiene por su arte urbano. No funciona desde hace años, roto e inútil. Ha sido vandalizado e invadido a la vista de los miles de ciudadanos que transitan por esta avenida en el centro de la capital. No corre una suerte distinta a la de otros monumentos.

Ni Colón se ha salvado de que desaparezcan las cadenas del basamento de su estatua. En el parquecito Balaguer una obra de Juan de Ávalos sirve, sin el agua de su fuente, de depósito para guardar cualquier cosa y otra bellísima pieza, un Quetzal donado por Guatemala hace más de 35 años merecería una mejor ubicación.

El bulevar de la 27 no fue muy buena idea. ¿Quién se va a sentar a tragar el humo de los carros de una de las vías más transitadas de la ciudad? Pero acoge obras de Ciprián, de Johnny Bonnelly, de Said Musa… que merecen tener un mejor cuidado. Y que curen el reloj. Por: Inés Aizpún [Diario Libre]

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