Un 38 % de los españoles utiliza la IA de forma habitual según el INE. Y es que esta nueva tecnología, las inteligencias artificiales y los chatbots, está cambiando a pasos agigantados la forma que tenemos de informarnos. Esto, que no tiene por qué ser malo dicho así, porque responden rápido y cada vez mejor, tiene un enorme problema oculto, llamado «algoritmo del silencio», que puede barrer, sin que nos demos cuenta, buena parte de nuestra historia y conocimiento.
Para entender esto, hay que comprender, en primer lugar, cómo funcionan estos sistemas. Las IA, aunque las llamamos genéricamente así, son en realidad modelos distintos. Los que responden las dudas, los más populares, se llaman sistemas LLM (modelos de gran lenguaje).
Esto no quiere decir que sean políglotas –que lo son– o especialmente cultos, sino que se entrenan con enormes bases de datos de todo tipo de las que cogen la información, la forma de contestar y, en general, la «personalidad» de la IA. Hay que entender que inteligencia artificial no piensa, sino que es un enorme sistema alimentado con muchos datos que solo puede responder con aquello con lo que ha sido entrenada. De tal manera, si algo no está en su memoria, no existe.
De hecho, algunas de estas herramientas estuvieron durante buena parte de 2025 desconociendo que Donald Trump había ganado las elecciones, e insistían en que era un expresidente.
Algunos investigadores ya han comenzado a advertir sobre las implicaciones de este fenómeno. El profesor Andrew Hoskins sostenía en su artículo «AI & collective memory», publicado a principios de 2026, que la inteligencia artificial está transformando radicalmente la forma en que las sociedades recuerdan el pasado. Según Hoskins, estamos entrando en una era de «memoria de caja negra», donde los ciudadanos desconocen los mecanismos que determinan qué información aparece y cuál desaparece y, por lo mismo, son susceptibles de ser manipulados, aunque esto no sea voluntario.
La IA no almacena una versión definitiva de la realidad, sino que genera respuestas probabilísticas a partir de enormes cantidades de datos. Dicho de otro modo, reproduce aquello que encuentra con más frecuencia, aquello que está mejor documentado o aquello que aparece con mayor peso dentro de los materiales con los que fue entrenada. Lo que es abundante tiene más posibilidades de sobrevivir. Lo que es marginal corre el riesgo de desaparecer.
Esto es lo que decíamos al hablar del «algoritmo del silencio», un término cada vez más utilizado para describir cómo los sistemas de inteligencia artificial pueden perpetuar exclusiones históricas ya presentes en archivos y bases de datos bajo una apariencia de neutralidad. No hace falta que exista censura explícita. Basta con que determinados acontecimientos, comunidades o interpretaciones tengan menos presencia en los datos de entrenamiento para que aparezcan con menor frecuencia en las respuestas generadas por la máquina o no aparezcan nunca.
Y esto, además, ya se ha comprobado. En el año 2025 se realizó una investigación para la revista «AI and Society» que puso a los principales chatbots a prueba con respecto a tragedias históricas como el Holocausto, el Holodomor, el genocidio de Ruanda y el reino de terror de los jemeres rojos en Camboya. El resultado fue que, cuando el evento era ampliamente cubierto, no solía haber errores u omisiones, pero en los casos menos conocidos los sistemas negaban hechos históricos, los pasaban por alto o, en general, eran incapaces, muchas veces, de dar respuestas correctas.
Las inteligencias artificiales tienden a homogeneizar el conocimiento. Hace apenas veinte años, una persona que quisiera conocer la Guerra Civil, la conquista de América o el Imperio Romano podía consultar varios libros, periódicos o autores y encontrarse con interpretaciones diferentes. Hoy, millones de usuarios pueden recibir respuestas muy similares generadas por los mismos modelos. La consecuencia no es solo que determinados hechos desaparezcan, sino que la diversidad de interpretaciones se reduzca progresivamente. La memoria colectiva no se construye únicamente recordando acontecimientos, sino también discutiendo qué significan y cómo deben entenderse.
Lo interesante es que, si incluso en estos casos, muy conocidos, las IA se equivocan, ¿qué no ocurrirá con asuntos debatidos o menos públicos, como el genocidio armenio? Al final, la forma cada vez más habitual de consulta presenta estas enormes carencias por la propia forma en la que es desarrollada, por lo que partes enteras de nuestra historia, libros u obras de arte pueden desaparecer del conocimiento común no por censura, sino porque no entran en los modelos de entrenamiento.
Así, la censura en el futuro parece que no será como en «1984» –por utilizar una imagen conocida–, en el que un régimen tiránico oprime y controla el acceso a la información y lo reescribe. En su lugar, parece que corremos el riesgo de perder nuestra memoria y aceptar como una norma este silencio algorítmico. Porque, al final, la forma más eficaz de censura nunca ha sido prohibir una idea, sino conseguir que nadie vuelva a pensar en ella. (La Razón-yoel meilán)
imagen: IA. Censura. La Razón





