Durante los doce años de la Guerra Fría en el gobierno constitucional del presidente Joaquín Balaguer, en el periodismo de la época se desató una de ataques políticos directos contra la persona del mismo jefe de Estado y de Gobierno, que al final más pudo el realismo político, que la ecuanimidad y el sentido común reinaran en un gobierno que estaba siendo acosado por un ataque periodístico bestial y sincronizado y por parte de medios y periodistas influenciados por la ola castrista que arropara la política de aquel entonces.
No había nada que hiciera Balaguer, que a lo inmediato no fuera satanizado por esas voces que se entendían supuestamente “revolucionarias y progresistas”. Solo hay que recordar aquel formidable programa de construcción a gran escala que Balaguer inició desde el primer día de su gobierno en julio primero de 1966 y que implacablemente el PRD de Peña Gómez bautizó como “obras suntuarias” y que voceros de la llamada “izquierda revolucionaria” política y mediática, amplificaron mucho más.
Simplemente, el discurso político de odio contra un gobernante que ni siquiera estaba en el país cuando estalló la llamada “revolución de abril de 1965”, llegó a un nivel tan tendenciosamente abusivo, que nunca se supuso que sus autores podrían quedar indemnes de lucha mediática tan terrible como tan absurda.
Y hablamos con conocimiento de causa, porque en dos ocasiones quisimos llevar moderación en determinados niveles de la opinión política periodística, que para la época éramos cinco los analistas políticos más reconocidos y quien escribe, el único que abiertamente no estuvo a favor del sector mediático izquierdista y desde que retornó al país desde EEUU donde estudiaba, el tres de septiembre de 1965, justo el día que el presidente provisional Héctor García Godoy fue instalado en el poder.
Para el 1966 y ya el doctor Balaguer gobierno, obtuvimos el cargo y por recomendación paterna, de asistente del jefe de redacción del periódico El Tiempo que dirigía el comentarista ultraderechista, Tomás Reyes Cerda y a los pocos meses, el doctor Julio César Hopelman, su jefe de redacción nos designó como redactor en el Palacio Nacional, llevándonos una mañana al Palacio Nacional a la primera rueda de prensa que cotidianamente ofrecía el presidente Balaguer.
A Balaguer ya le había visto siendo adolescente y por la relación de este con su padre, presidente entonces de la Asociación de Detallistas de Provisiones Inc., pero a quien conocía desde que una mañana del 1964 acudió a la oficina del entonces expresidente en Nueva York, a solicitarle el favor de que le diera una carta de recomendación que le permitiera trabajar para mejorar su inglés y en lo que el entonces expresidente le complació. Carta que hoy atesora con singular orgullo.
Entonces desde el día que entró como reportero del matutino en el Palacio Nacional, sería a mediados de 1967, DAG estuvo cubriendo aquella fuente noticiosa, hasta que para marzo de 1972 y porque el presidente Balaguer le instó a hacerlo, el director del vespertino Ultima Hora, Virgilio Alcántara, le recibió con esta columna periodística y de lo que siempre sospechó que el editor del periódico, Moisés Pellerano, tuvo que ver en ello.
Partiendo de ese paso, quien escribe escaló experiencia y posición pública y en cierto modo su ejercicio profesional le llevó al sitial de ser uno de los cinco analistas políticos de aquel tiempo y desde luego, contando con cierto tipo de atención personal cortés del presidente y mayormente, vía su secretario particular, Rafael Bello Andino.
Cuando Balaguer sugirió que escribiéramos esta columna diaria, lo primero que nos dijo fue lo siguiente: “Quiero que escribas una columna en la que se ataque la corrupción de mi gobierno y los primeros datos te los daré”. Actuar en base a ese requerimiento y entendiendo que el presidente quería quitarse de encima todo lo que significara corrupción de uno que otro de sus funcionarios, significó presentar un quehacer contestatario que no agradó a los funcionarios y menos al coro de mujeres que se encontraban a la sombra de la Cruzada de Amor, la entidad de ayuda social que dirigía la hermana del presidente, doña Ema, dama que todavía no ha sido valorada en su justa proyección por su gran labor de asistencia social.
Por esa relación con el centro del poder y de un gobierno de mano firme, no solo que pudimos desarrollar un periodismo crítico y combativo y también decente y respetuoso de las personas que mencionaba, se nos facilitó para que el poder pudiera entendernos como una especie de amable componedor o mediador en casos que tuvieran que ver con discrepancias del régimen en el sector mediático, el que ni por asomo es el desarrollado de esta fecha.
Ahora bien, la clave era, mantener una buena imagen del presidente y una crítica acida de los funcionarios que no eran bien vistos por el poder, pero ante el presidente, se tuvo el acceso para mediar con periodistas o analistas que fueran no gratos al Palacio Nacional.
Así resultó que, y ahí está uno de sus libros en lo que lo autentifica, fuimos quien presentó al presidente, el periodista y analista Orlando Martínez, con quien cada domingo y durante un tiempo los cinco analistas políticos compartíamos en la casa de sus padres. Su muerte a manos de un sicario militar que fuera ordenada desde el ministerio militar nos tomó de sorpresa y como a todos. Pero la que se veía venir, cuando publicó un artículo hiriente y ciertamente irrespetuoso contra Balaguer, que los grupos más radicales del régimen nunca perdonaron.
No así con respecto a la muerte de Gregorio García Castro, jefe de redacción de Ultima Hora y con quien le unía una cálida amistad profesional y personal. Debido a ese lazo, este nos buscó una mañana y diciéndonos por teléfono que debían reunirse “porque un alto jefe policial de origen militar me había llamado para decirme que ese día me mataría”.
Al reunirse, Goyito y como todos le decían, contó los detalles y entonces quedaron en que DAG iría a enterar al presidente y el periodista esperaría en su oficina del vespertino. A las cinco de la tarde, justo cuando el presidente salía hacia Palacio, quien escribe le comunicó lo conversado y al final Balaguer dijo: “Tráemelo a Palacio a las nueve de la noche, aunque dudo que esa amenaza fuera real”.
Días antes, DAG debió acompañar a Goyito a una cita suya con el ministro de la presidencia, el general Nivar Seijas y en la que no estuvo presente, pero que por el mismo Goyito se enteró de que también habló con Balaguer. También quien escribe estuvo enterado de lo que hablaron el periodista y el presidente. En ese momento, el ahora occiso, sí recordó que Balaguer le ofreció el consulado en San Juan de Puerto Rico y que Goyito declinó.
La noche del 28 de febrero de 1973, Goyito fue asesinado a una cuadra de su oficina y no obstante que se había acordado de que DAG le iría a recoger para llevarle a Palacio, nos enteramos, de que por una llamada “de un periodista”, Goyito salió rápido de su oficina a encontrar la muerte. En el interin, quien escribe ya había salido de la residencia del político oficialista, José Osvaldo Leger, quien junto a su esposa Amelia, le había invitado a cenar. ¿Qué se averiguó posteriormente al asesinato? Que había disgusto entre dos generales y porque García Castro, había insinuado ciertos fallos en sus matrimonios respectivos. Y hasta aquí tocamos este tema y por considerarlo todavía propio de la seguridad de Estado.
Con este relato, ¿qué queremos significar?, que, a diferencia de ahora, con comunicadores que insultan en lo personal y a más no poder al presidente Abinader, todavía no se ha visto que el gobernante o su gobierno pretendieran silenciarles.
Sin embargo, creemos que dado que esos comunicadores no tienen preparación como periodistas y nos referimos a cuatro y de ellos una mujer y están cometiendo ciertos excesos de exposición que deberían tratar de frenar, porque en definitiva, para discrepar de un gobernante y su gobierno no hay que insultar y menos injuriar y además, porque no todo el mundo es capaz de aguantar semejante tipo de comunicadores maledicentes y de ahí a cometer excesos que luego haya que arrepentirse, habría un solo paso.
Teniendo entonces y muy presente esta realidad, es que decimos, que la comunicación frontal está en peligro, pues el gobierno, parecería que se desespera y a partir de ahí, los errores pudieran ocasionarle al régimen el caer en otros mayúsculos. Porque tampoco es, que a un presidente de la República se le diga delincuente. Eso no es periodismo. Con Dios. (DAG) 24.11.2024





