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Balaguer nunca se equivocó. La Constitución sí que es un pedazo de papel y porque el sistema presidencialista de culto personal así lo impone y gracias a una partidocracia, sociedad y ciudadanía de gente cobarde, tecata y corrompida

Cuando el presidente desarrollista Joaquín Balaguer dijo para principios del 1968, aquello de:  «Alguien ha dicho que en Latinoamérica las constituciones han sido, son y serán durante mucho tiempo todavía simples pedazos de papel. Las constituciones son leyes que se votan cada año y se violan todos los días. Lo que vale en cada país, en cada época, en cada momento histórico, no son los principios sino los hombres».

La vocinglería política y mediática quiso crucificarle. Sin embargo, el gran estadista puntualizaba sobre lo que ya se conocía que era una verdad consustancial a países subdesarrollados y sin ciudadanía responsable cívicamente y con una clase gobernante de desalmados y de lo que el tiempo y sesenta años después le ha dado toda la razón.

Adentrémonos primero en los preliminares aquellos de la ONU mediando para que hubiese un pacto político entre tres “gobiernos” no de origen popular directo vía elecciones: El del general Antonio Imbert Barreras (controlaba el noventa por ciento del territorio nacional) el del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó (controlaba las cuarenta cuadras de la parte colonial capitaleña) y el de Héctor García Godoy -intermedio entre los dos anteriores y como provisional e impuesto el 03 de septiembre también de 1965 por la OEA y EEUU- y en tiempos que la República estaba ocupada militarmente por tropas estadounidenses y en lo más duro de la versión dominicana de la Guerra Fría.

En el horizonte había la posibilidad, de que si se llegaba a un acuerdo de paz o “Acta Institucional” como se conocería después, la República podría y eventualmente darse unas elecciones libres y sin importar que estuviera ocupada militarmente por fuerzas extranjeras.

Al ocurrir, se abrió el tumultuoso periodo de terrorismo legalizado con el que las fuerzas políticas y sociales, unas, derrotadas militarmente y las otras, locas porque en el país hubiera un gobierno castrista, se enfrascaron en una especie de guerrilla urbana y la que debió de ser controlada por las tropas del glorioso Ejército Nacional y en particular, desde la parte norte de la capital nacional de aquel entonces.

En la refriega, que casi dura un año completo, murió gente de todos los bandos y violentamente y en hechos sucedidos dentro del escenario surrealista de una campaña electoral armada en la que todas las corrientes políticas tenían sus tropas de choque.

Balaguer que era el candidato que vencer por la izquierda radical y el PRD del exilio en Cuba, recorrió el territorio nacional y exponiéndose constantemente a que se le matara, Juan Bosch, que era el otro expresidente que concurría como candidato presidencial de esa izquierda y el PRD, nunca salió de su casa y prefirió hacer campaña solo por la radio y esto, haciendo caso a sus asesores, que entendían que de ese modo protegían su vida.

El día de las elecciones en junio primero, aquello fue un accionar temerario en el que no hubo pausa entre un tiroteo y otro, sin embargo, la población salió a concurrir a las urnas y voto masivamente. Balaguer obtuvo el 57.4 por ciento de los votos emitidos y el resto Bosch, el PRD y aliados.

Mientras los seguidores de Balaguer y su partido Reformista y la parte de la mediana clase media, después de votar se recogieron y esperaron el desenlace de la proclamación de los candidatos, el PRD y desde el día siguiente a los comicios se declaró en una especie de “rebeldía cívica” y con él, los agentes de la terrorista izquierda radical, de hecho, se reiniciaron los combates entre tropas militares dominicanas y los seudos izquierdistas castristas y cuando el primero de julio siguiente el nuevo gobierno tomó juramento y se instaló, de inmediato los derrotados en los comicios se lanzaron a una orgía de sangre y sin importarles afectar el orden y la paz social.

Ni que decir que el nuevo gobierno tuvo que emplearse a fondo para enfrentar aquella guerrilla urbana que no cesó hasta que a agosto de 1978 Balaguer abandonara en esa ocasión el poder y que al ser sustituido por el PRD, se generó el terrorismo político y su secuela de asesinatos de gente inocente y de militares y policías y recibiendo los terroristas políticos la correspondiente reacción punitiva.

Fue de esa manera que hubo que imponer “la democracia” a sangre y fuego y con la variable de una nueva oposición política militante de los medios de comunicación y periodistas, quienes no cejaron en sus empeños de derrocar al gobierno constitucional. Mientras y de contrapeso @porojocerradura les enfrentaba y abiertamente desde el 19 de marzo de 1972.

Lo portentoso fue, que Balaguer, un excelente administrador, logró y de recibir en el 1966 un país que en la práctica era un fideicomiso cuyo dinero para mantener su burocracia era pagado por la OEA; para el 1978 entregó una nación todavía subdesarrollada, pero comenzando a tener una estructura de economía emergente y con nuevas infraestructuras y todo en base al ahorro interno, nunca endeudando a la nación y que en palabras suyas, entregaba un país como si fuera un avión en salto automático.

Sus tres periodos de gobiernos en este lapso, que fueron una representación gráfica y testimonial, de que la personalidad suya como presidente con extraordinaria autoridad moral, siempre estuvo por encima de la Constitución de la República.

Sin embargo, cuando el PRD fue quien le sustituyó y con dos periodos gubernamentales (1978-1982-1986) con los presidentes Antonio Guzmán y Salvador Jorge Blanco, la República comenzó su gran traspiés institucional y hasta que el pueblo elector decidió sacar de su retiro a un Balaguer ya habiendo perdido la visión y aun así eligiéndole para un lapso de 10 años (1986-1996) que fue el gran rescate de la nación.

Sustituyéndole el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) para el periodo 1996-2000 y el que se abocó a un proceso de revitalización de la estructura burocrática de la nación y con una administración decente compuesta por una nueva generación política que llevó a Leonel Fernández al solio presidencial y a Danilo Medina como el ministro de Estado a cargo de la administración y el día a día del Estado.

Al término de este periodo de cuatro años, hubo otro salto hacia atrás con la escogencia por nueva vez del PRD, cuyo gobierno (2000-2004) y encabezado por Hipólito Mejía, fue y en términos prácticos, totalmente desastroso para los intereses permanentes de la República y dejando de herencia fatídica al que le siguiera, los efectos de una brutal quiebra bancaria en cadena que generó a la economía una pérdida de tres mil millones de dólares estadounidenses.

De vuelta a elecciones, vuelve el PLD al poder y se mantiene en él desde el 2004 al 2020 y con una administración positiva que aumentó la capacidad renovadora de la economía y el mantenimiento de la estabilidad política. Pero las veleidades de los votantes y más por manipulación mediática que otra razón, le jugaron otra mala pasada a la República y en la que ya habían otros factores incidiendo en la vida política: los periódicos tradicionales propiedad del gran capital y los dineros provenientes de la economía sumergida del narcotráfico, el lavado de activos, la evasión fiscal y el sicariato, que fueron los impulsores del nuevo gobierno perredeísta con etiqueta de Partido Revolucionario Moderno (PRM) y quien desde agosto de 2020 y hasta el presente y con una reelección de por medio, se supone que deberá terminar su segundo periodo para las elecciones del 2028.

La República vive y se debate ahora en lo más parecido a un navío en alta mar enfrentando una tormenta y con timón roto y con un retroceso económico e institucional tan extraordinario y en función de una variable de gobernanza en base a una partidocracia, que en la práctica lleva a la nación hacia una quiebra moral y política que jamás se supuso que un grupo de partidos pudiera ser capaz de protagonizar y tanto, que la expresión profética aquella de que la Constitución de la República es un pedazo de papel que avasalla la personalidad presidencial y que como nunca, es una verdad casi de impenitente.

Y haciéndonos decir, que Balaguer nunca se equivocó. La Constitución, sí que es un pedazo de papel y porque el sistema presidencialista de culto personal así lo impone y gracias a una partidocracia, sociedad y ciudadanía de gente cobarde, tecata y corrompida. Con Dios. (DAG) 24.08.2026

última actualización: 11:oo am.

 

 

 

 

 

 

 

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