El aparente éxito de la República Dominicana en los indicadores de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) revela una profunda desconexión entre las métricas agregadas y la realidad económica cotidiana, aseguró la economista Maribel Suero Castillo.
A su juicio, el cumplimiento formal del Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 (Hambre Cero) enmascara vulnerabilidades estructurales debido a tres distorsiones metodológicas y económicas.
Explicó que el sesgo de la subalimentación frente a la inseguridad alimentaria real radica en que la FAO certifica el avance basándose en la prevalencia de la subalimentación (cercana al 2.5 %), un indicador macroeconómico sustentado en la disponibilidad nacional de energía alimentaria y en las calorías teóricas por habitante. Sin embargo, este cálculo ignora la distribución real del ingreso y el acceso físico a los alimentos.
Señaló que la FAO admite, aunque de manera casi marginal en sus informes detallados, que la inseguridad alimentaria moderada o grave afecta a más del 40 % de los dominicanos.
Esto significa que, aunque el país produzca o importe suficientes calorías a nivel macroeconómico, casi la mitad de la población omite comidas, reduce las porciones o carece de los recursos económicos necesarios para garantizar una alimentación diaria digna.
Sostuvo que existe una confusión entre la línea de indigencia y la calidad de vida. A su juicio, celebrar una tasa de hambre o pobreza extrema inferior al 3 % equivale a confundir la supervivencia biológica con el bienestar socioeconómico.
En la República Dominicana, el costo de la canasta básica familiar promedio supera ampliamente el salario mínimo más alto del sector privado, lo que evidencia que cubrir las necesidades esenciales continúa siendo un desafío para una parte importante de la población.
Consideró que, al fijar umbrales de ingresos extremadamente bajos para definir la pobreza extrema, los organismos internacionales catalogan como «no pobres» a millones de dominicanos que, aunque logran cubrir el mínimo calórico requerido, viven al borde de la indigencia ante cualquier choque económico, como una enfermedad, el desempleo o la inflación.
Planteó que el análisis de la FAO tiende a subestimar el impacto del impuesto más regresivo: la inflación de los alimentos. Explicó que un país puede registrar crecimiento económico y estabilidad monetaria; sin embargo, en los hogares pertenecientes a los quintiles de menores ingresos, el gasto en alimentación absorbe entre el 50 % y el 60 % de los ingresos totales.
Indicó que el encarecimiento sostenido de los alimentos obliga a muchas familias a sustituir proteínas y otros nutrientes de alta calidad por carbohidratos de menor costo,
Agregó que ese indicador macroeconómico oculta una crisis silenciosa de malnutrición y obesidad asociada a la pobreza, que, según afirmó, “convive con las optimistas estadísticas de los burócratas internacionales”.
Sostuvo que esta distorsión es comparable con el caso de Suiza: mientras las naciones desarrolladas miden la pobreza de forma relativa, es decir, por la capacidad de las personas para part
icipar plenamente en la sociedad, en los países en desarrollo los organismos internacionales aplican estándares de pobreza absoluta tan bajos que terminan invisibilizando la precariedad real de la clase trabajadora y de los trabajadores del sector informal en el país.
Suero Castillo es secretaria de Asuntos Técnicos del Colegio Dominicano de Economistas (CODECO). (HOY-ugm / OJO)





