InicioEntretenimientoCleopatra VII, la reina que Roma no quiso nombrar

Cleopatra VII, la reina que Roma no quiso nombrar

Hoy se conserva en Berlín una hoja de papiro escrita hacia el 33 a.C. en la cancillería de Alejandría y reciclada en el cartonaje de una momia. Contiene una ordenanza real que concede a un romano, quizá Publio Canidio, general de Marco Antonio, exenciones fiscales para exportar trigo e importar vino. Al pie, otra mano añadió una sola palabra griega, «ginésthoi», que significa «hágase».

El papirólogo Peter van Minnen propuso en 2000 que es de puño y letra de la última reina del reino ptolemaico. La atribución se discute, pero es irónico que de la mujer con el nombre más repetido de la Antigüedad quizá conservamos una sola palabra escrita de su mano, y es una orden fiscal en favor de un romano. Pocas mujeres han sido tan contadas y tan poco escuchadas.

El triángulo con César, Antonio y Octavio, que fue de Augusto y de Shakespeare antes que de Hollywood, ha tapado casi todo lo demás. Pero las piedras, los papiros y las monedas de Egipto nos dan pistas sobre este personaje histórico. Cleopatra es un nombre macedonio que significa «la gloria del padre».

Lo llevó una hermana de Alejandro Magno y, antes que ella, hasta seis reinas de la dinastía fundada por Ptolomeo I. Arsínoe II, Berenice II, Cleopatra III y Berenice IV, ejecutada por su padre en el 55, gobernaron Egipto con poder real. La reina que conocemos fue la última de una línea dinástica.

Nombres de uniones políticas

Cleopatra VII Thea Filopátor nació hacia el 69 a.C. y heredó el trono en el 51, con unos dieciocho años, asociada a un hermano de diez, Ptolomeo XIII. Plutarco cuenta en sus textos que pasaba de una lengua a otra como quien cambia de cuerda en un instrumento y que trataba sin intérprete con etíopes, hebreos, árabes, medos y partos, cuando sus antecesores ni se habían molestado en aprender egipcio.

Fue, al parecer, la primera de su casa que hablaba el egipcio, la lengua del país, aparte del griego. Los templos la representaron como faraona y las monedas como reina griega. Una estela del Louvre del 51 la muestra con atuendo de faraón varón, como a Hatshepsut (de la que ya hemos tratado en esta sección) catorce siglos antes, porque la imagen del poder solo tenía una forma. En octubre del 50 un decreto sobre el trigo antepone por primera vez el nombre de Ptolomeo XIII al de su hermana, y poco después ella reclutaba un ejército en Siria. César llegó a Alejandría en el 48 y, muerto Ptolomeo XIII en el Nilo, le devolvió el trono. Del encuentro y la alianza nació un hijo.

Desde que su padre Julio César compró en Roma su reconocimiento, la dinastía dependía del romano más poderoso. Siguieron años de crecidas escasas, hambre y peste, según legaron Séneca y Apiano. En los relieves de Dendera ofrenda a los dioses detrás de un faraón niño, Cesarión, el hijo de César.

A sus hijos les dio nombres que eran programas, pero que funcionaron como uniones políticas. Ptolomeo César, los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene (el sol y la luna), Ptolomeo Filadelfo, como el rey de la Biblioteca y del Faro. Hacia el 32 Antonio acuñó denarios con el busto de la reina y la leyenda «Cleopatrae reginae regum filiorum regum» («de Cleopatra, reina de reyes y de sus hijos reyes»), y Octavio los presentó como prueba de que Antonio había dejado de ser romano.

Cesarión murió por llevar el nombre de su padre. Cleopatra Selene desfiló en el triunfo y reinó en Mauritania con Juba II, donde las monedas repiten «la reina Cleopatra». ¿Cómo es posible que la vencida más célebre de Roma no tenga nombre en las crónicas romanas? Así suelen decidirlo los vencedores.

En este caso, Augusto resumió la campaña en las «Res Gestae» con cinco palabras, «Aegyptum imperio populi Romani adieci», («añadí Egipto al imperio del pueblo romano»), sin nombrarla. Horacio la llamó con apelativos, «fatale monstrum» y Virgilio «Aegyptia coniunx», y ninguno escribió su nombre, Cleopatra. Maria Wyke ha mostrado que ese silencio está hecho adrede.

En el triunfo del 29 desfiló su efigie con una serpiente, y de esa imagen procede la leyenda de su muerte, pero lo cierto, es que incluso Plutarco confiesa que nadie sabe cómo murió. El nombre sobrevivió por otro camino. Lo encontramos en Galeno, que cita recetas atribuidas a una Cleopatra, otra firma un tratado alquímico con una de las primeras imágenes del uróboros, y los autores árabes medievales que estudió Okasha El Daly la recuerdan como sabia, sin mencionar su belleza.

En 1822 un cartucho con el nombre de unas antepasadas suyas, copiado en el obelisco de Filae, dio a Champollion las primeras letras para descifrar los jeroglíficos. Y actualmente puede que se encuentre en el papiro de Berlín donde no aparece su voz sino una orden al pie de una concesión de impuestos: «Hágase».(La Razón- sonsoles costero Quiroga)

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